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| GABRIELA ETCHEVERRY: Cuento “Nuestra palabra” |
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| escrito por Revista Debate | |
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src="http://pagead2.googlesyndication.com/pagead/show_ads.js"> La mujer está de cara a la pared, cortando el pan en el mostrador de la cocina mientras el marido ronda inquieto alrededor, buscando impaciente las palabras más certeras para el ataque. También ella busca la magia de las palabras (el poder) en un camino inverso; palabras que le sirvan para construir un muro de carne y hierro que la aísle de todo. No basta con esquivar la cara, demorándose adrede cortando el pan, la maldita marraqueta que no es como el caballo del diablo que se alarga y se alarga para montar a más incautos en su viaje al infierno. Devuelve a la panera el cabo más tostado que había cortado con la intención de echárselo a la boca. Imposible disociar insultos y pan fresco crujiendo entre los dientes, pero ahora no puede gastar energía en asociaciones de una vida anterior. La mente la traiciona regresando por cuenta propia a los encantamientos de la niñez que poco le sirven ahora: “con dos te veo, con dos te ato y el corazón te parto”. Las manos parecen acariciar el pan rogando perdón por tener que enterrarle la cuchilla. Que se siente el hombre de una vez y que quizás la mire. Maldita sea. Tendrían que ser otros los ojos capaces de atravesar el pellejo de la mujer y llegar hasta ese fondo dañado. —Qué fue lo que dijiste —insiste él. El fervor de los ojos y el frenesí de la voz indican a las claras que es una pregunta repetida, que hace rato que espera la respuesta. La mujer parece haberse cebado con el pan y no da señales de querer hablar hasta que por fin le brotan las palabras a pesar suyo. —No me acuerdo qué fue lo que dije, y en todo caso no tiene importancia... No se atreve a decirle que estaba hablando sola (nada raro este último tiempo). Nunca sabe con él en qué rincón del planeta la va a hacer aterrizar la verdad, que por lo demás es bastante simple. Tiene la costumbre de revisar el correo antes de ir a la panadería y así se enteró de un concurso de cuento que acaban de abrir. Se llama “Nuestra palabra” y eso fue lo que dijo en voz alta, “nuestra palabra”, sopesando la posibilidad de desenterrar alguno de sus viejos escritos y tomarse el tiempo de acicalarlo, si es que se atreve a vencer su temor al rechazo, aunque esta mañana se despertó en pie de guerra. Alguien debe haber echado un ingrediente desconocido a la olla podrida porque se durmió rezando la mantra de la paz y despertó mascando la semilla de la rebeldía. Hace rato que las cosas andan mal entre ellos y el estallido de la noche anterior los dejó exhaustos a los dos. Él se durmió primero y ella pasó gran parte de la noche en vela, tratando de poner orden en ese cúmulo de imágenes de personas, lugares y episodios que poblaban su mente. En un momento de la pelea le pareció haberse salido de su propio cuerpo y se había quedado pasmada escuchando a la otra pronunciar la palabra “separación”. Mirándolo ahora, dormido, ya sin la mueca de desazón que le afeaba el rostro, ella se pregunta si de verdad han crecido en direcciones opuestas en esos ocho años de casados. Se calmó cuando llegó a la conclusión que no era el caso, que separados o juntos al fin pisarían los mismos senderos. El problema era ella, por cierto, que había tenido que hacer un rodeo, tomar un desvío para acercarse por otras vías al mismo camino que él ya llevaba andado. Un simple desfase temporal que haría lo posible por corregir. Imposible olvidar los años que los vieron caminar por espacios que iban a la par con el tiempo, desbrozando el terreno donde construirían un hogar para ellos y para los que buscaran su alero: hijos, amigos, parientes; bípedos o cuadrúpedos. Se prometió hablarle seriamente de la idea de un hijo; total, ya se acercaba a los treinta. Si tan solo él volviera a la dulzura del trato de los primeros tiempos que casi le había hecho olvidar los insultos que le prodigaba el viejo hasta por el crujido del pan en los dientes, las marraquetas que si no eran las más tostadas de la panadería se enfurecía. Si tan solo dejara de llamarla “inconsciente” y otras cosas que le hacían daño. Sobre todo, si dejara de culpar a su madre por lo que era o no era y que, según ella, nada tenía que ver. Rendida, se entregó al sueño que llegó por fin junto con la imagen de la madre: el brazo que se extiende para ayudar; la cara que sonríe amable y cariñosa. La otra imagen, la del brazo que se alza con el garrote en la mano, la cara ciega que no tiene otra meta que pegar, ¿matar?, apareció mucho más tarde cuando ella dormía profundamente. Es más fácil que confluyan dos astros en el cosmos a que se fundan en una esas dos visiones dispares. —Fuiste tú la que hablaste de separación anoche, no yo, y ahora me sales con “nuestras palabras”. —Ah —le dice ella, y vuelve a repetir lo dicho para darse aliento, como si en el tiempo que toma decir la expresión la mente pudiera encontrar la salvación en alguna remota región del cerebro. —Quizás pensaba en los votos matrimoniales —miente—, en las palabras que uno dice sin tomarle realmente el peso. Frases como “palabra de honor”, “cumplir tu palabra”, qué sé yo...También me parece raro eso de “empeñar la palabra”—continúa esperanzada ante la aparente falta de reacción. —No veo qué hay de raro en eso —dice él en un tono más neutro que la hace pensar que la tormenta se aleja. —En mis tiempos le llamábamos “la tía rica” a una enorme casa de empeño. “Empeñar” es por mientras, no por siempre. Cuando estábamos muy pobres mi mamá empeñaba su abrigo de caracul y después, antes que se venciera el plazo, tenía que pagar y se lo devolvían... —y sigue contando como si en el contar le fuera la vida aun después de haberse dado cuenta que le erró de plano, que ha sido ella misma la que ha mencionado palabras que el marido usará como punta de lanza para hacerle entender el disgusto (la cólera) de los dioses que no perdonan el atrevimiento de verla trajinando por los caminos del mundo con esa absoluta falta de conciencia, resistiéndose a habitar ese plano de comprensión donde residen las mentes que cuentan. Del pan ya no queda más que el cabo y la mujer se aferra a él como se aferra a esa madre que tendrá que defender en los minutos que siguen. Si la deja ir, si deja que la otra imagen se posesione de su cabeza perderá el calor de su propio cuerpo y se quedará vacía y fría, sumergida en el vacío de la muerte. La voz monótona y acusadora le llega de cerca. Está parado justo detrás de la mujer, casi rozándole el cuello con su aliento, y ella sabe que no va a cejar hasta hacerle volver la cara, hasta verle los ojos para asegurarse de haber llegado al blanco. Las palabras caen ahora en el mismo lugar, no la gota que termina por horadar la montaña sino el chorro que pone una cortina en los ojos y oscurece el camino. Ella siente tambalear ese muro de hierro y carne que se ha ido construyendo. Cierra los ojos para concentrarse en la mantra de la paz que la va a salvar o impedir que siga avanzando gradual y peligrosamente por el camino en el que la han ido guiando las palabras de él. Hace rato que se acabó la marraqueta y los trocitos cortados parecen dormidos en la panera esperando que alguien los despierte. Con el borde del mostrador contra la piel, la mujer parece haber perdido solidez y mira con ojos vacíos el reducido espacio que tiene frente a sí. Se echa a la boca uno de los cachitos tostados de la marraqueta que le gustan tanto y por primera vez no ocurre lo de siempre, no se enfrenta a la lluvia de insultos del padre con el primer crujido del pan fresco en los dientes sino con el todopoderoso brazo de la madre. Es ella la que derriba el muro ya insostenible que después de todo no era de hierro y carne sino de encantamientos y nomenclaturas cabalísticas. Todavía vuelta a la pared, a sus espaldas la lluvia de palabras sigue calando cada vez más hondo y en sus manos sin pan, el cuchillo reluce con toda la fuerza de su inconciencia. |
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